
Días pasados me preguntaron qué haría si por un azar del destino, por buena fortuna o suerte, yo ganara en la lotería o en cualquier juego lúdico un millón de dólares (por decir una cifra). Mas allá de fantasear y bromear en el grupo de amigos en el que surgió esta pregunta, más allá de soñar las cosas fantásticas que realizaríamos con tamaña suma de dinero, dicha pregunta siguió en mi conciencia horas después cuando la soledad me dejaba escuchar todavía el eco de su incógnita entremezclada entre risas y sarcasmos: ¿Qué haría si ganara un millón de dólares?
Muy entrada la noche y lejos de mis amigos la pregunta adquirió cierta seriedad y le di la oportunidad de que obtuviera una respuesta más coherente. Me dije que me compraría una casa mejor pero después pensé que esta es la casa que construyo mi viejo con sus manos para mí, para que, como él deseaba, no me faltara nada y que si algún día la vendiera tendría que tener una razón muy fuerte para desprenderme de ella. Es más, me atrevo a decir que solo me desprendería de ella si esto significara que en otro lugar podría encontrar más felicidad que aquí, porque además de que no me faltara nada, mi viejo quería que fuera feliz. Así que descarte de plano la posibilidad de que si ganara ese dinero me compraría una casa.
También me dije que me compraría un auto para poder ir a donde quisiera, para poder conocer mi país o salir de vacaciones. Después pensé que en este momento de mi vida en realidad no necesito ir a más de veinte cuadras de mi casa, tengo dos bicicletas a falta de una y que si tengo que salir de viaje dispongo del transporte público para llegar a donde sea con la libertad extra de no salir y estar preocupado constantemente por el auto. Es que es bien sabido que mientras más bienes materiales tenemos más estamos atados a este mundo, a sus exigencias en pos de una seudo felicidad y a los cánones dictatoriales del capitalismo. No estoy en contra de que tengan un auto solo agradezco que no sea una necesidad para mí.
Después pensé en las mujeres que podría tener si tuviera esa cantidad de dinero y me di cuenta que a esta altura de mi vida no necesito la satisfacción que puede brindar el sexo por dinero y que el sexo no es nada si no lo tengo con aquella mujer que deba ser la compañera de mi vida. Después pensé en las fiestas interminables llenas de alcohol y buenos amigos hasta altas horas de la noche pero afortunadamente para eso el dinero que tenemos todos nosotros nos alcanza y sobra.
Después pensé si un millón de dólares podrían volver a la vida a Libio Nereo Zangrandi, un amigo mío de Mendoza que conocí en Merlo (San Luis) fallecido días pasados antes de que nos llamáramos por teléfono como era nuestra costumbre todos los veinte de julio. Pero que me di cuenta que ni mil millones alcanzarían para volverlo a la vida ni a él, ni a mi viejo ni a todo ser querido que fue apartando de mi lado. Lentamente entre a descubrir la inutilidad del dinero en lo que verdaderamente importa en la vida.
Todo intento que había realizado para justificar la tenencia de este dinero había fracasado así que decidí cambiar mi planteamiento y me pregunte que dejaría de hacer en mi vida si ganara un millón de dólares.
Empecé por plantearme si dejaría de lado mi vocación, la música. Descubrí que sencillamente seguiría dando clases de guitarra y bajo porque me gusta. Además del rédito económico que me representa es uno de mis motivos para vivir. Debo aceptar que acondicionaría un aula mejor para atender mejor a mis alumnos pero en esencia nada que un poco más de tiempo y perseverancia no me brinde. También me plantee si dejaría de hacer música en público y la respuesta fue que no porque hace mucho tiempo tuve la suerte de entender que la música es un idioma, es una forma de comunicarnos. Así que cualquier suma de dinero no va a aportar una nota a la música, ni una coma a las letras que tengo hace tiempo compuestas.
Hace poquito tiempo comencé una labor en “Promesas de norte”, un dispensario ubicado en las afueras del casco céntrico de nuestra ciudad donde espero satisfacer aunque sea una pequeña parte de las necesidades artísticas de estos niños excluidos del sistema por las reglas del capital. Por supuesto que no dejaría de hacer esta labor y debo reconocer que un poco de dinero no vendría mal, pero nada que no pueda llegar a nivel gubernamental si se tocan los hilos correctos.
También me pregunte si dejaría a mi madre y la internaría en un asilo o en un geriátrico y me di cuenta que no la dejaría sola nunca por que ella no me abandono. Ella, junto con mi amadísimo padre, me adoptaron, me eligieron y les aseguro que nadie estuvo tan tocado por dios, nadie tuvo tanta suerte como la tuve yo de que se interpusieran en mi vida. Es probable que contratara más tiempo a una señora que viene todos los días y charla con ella y le da la leche, tratando de suplir el vacío plagado de tremenda crueldad dejado por mis parientes maternos a los que solo dios podrá perdonar por tamaño pecado.

Todo intento que había realizado para justificar la tenencia de este dinero había fracasado. Me di cuenta que en mi vida estaba haciendo muchas cosas que me hacen feliz donde no se necesita la presencia del dinero (espero que no se me tilde de egoísta por no pensar en todo el bien que se puede hacer con una suma de dinero tan considerable, esto es solo un planteamiento que me sirvió a modo de obtener una reflexión personal). Pensé que me serviría para pagar mis deudas pero lo que yo le debo a la vida no se paga con dinero. Descubrí que el dinero no sirve para comprar vida, tiempo, salud, amor, fidelidad, amigos, paz y tantas otras cosas verdaderamente necesarias. Llegue a la conclusión de que sin excesivo dinero estoy haciendo la vida que siempre quise. Tengo amigos, trabajo y gracias a dios en lo que me gusta, mi madre está bien y lo irremediable de esta vida no se cambia con dinero. Tengo tambien un poco de penas y tristezas que me mantienen despierto y una soledad de la que nacen estos momentos. Me falta una compañera a mi lado, pero: ¿Qué sería de nuestra vida el día que no tengamos un sueño por alcanzar?
el chunkano
