domingo, 6 de febrero de 2011

Mis cuarenta y tres



Estoy festejando cuarenta y tres traslaciones alrededor del sol junto con este planeta. Desde que nací la tierra ha completado cuarenta y tres órbitas alrededor del sol. Según wikipedia llevo recorridos novecientos treinta millones de kilómetros por año. Por lo que considero que he viajado mucho y tanto viaje inconsciente amerita unos momentos para pensar.


Según mi punto de vista a esta altura de mi recorrido me atrevo a conjeturar que el bien y el mal son dos conceptos que no existen y solo a través de la subjetividad de la conciencia humana se hacen presentes. El tiempo tampoco existe, solo existe el principio y la conclusión de nuestra vida, y el tiempo como tal es solo ese parámetro que usamos para medir su longevidad. Somos mortales y no admitimos bajo ningún punto en que nuestra conciencia deje de existir. Nos cuesta mucho admitir la idea de que todo el universo se transforma, que cambia en forma constante. Millones de átomos se agrupan y desagrupan formando nuevas entidades invariablemente. La materia se une y separa formando infinidad de cosas, una de ellas, nosotros. Millones de años es cantidad inimaginable de tiempo para una vida, pero si pudiéramos alguna vez despojarnos de la conciencia de nuestro ser mortal para ver la eternidad del universo creo que tendríamos que admitir que el tiempo no transcurre sin nuestra conciencia mediante. Si por un momento compartiéramos la eternidad del universo no tendríamos por que contar el tiempo ya que no habría principio ni final. Creo que la existencia del tiempo radica en que tenemos conciencia de nuestra propia existencia, sabemos que nuestra vida tiene un principio y un fin y nos cuesta horrores aceptar que somos materia en constante transformación. El mero hecho de escribir estas líneas me hace parte de ese intento tozudo de resistencia a los cambios inevitables. Un día somos tierra, al otro somos nosotros, luego nuevamente tierra. Por eso rehuimos de aceptar del que es, para nosotros, el más grande de los males, la muerte. No soportamos la idea de que compartamos el mismo destino que el resto del universo. Desde que se escribe la historia el mal es personificado con la muerte, el final. Lo maligno es todo aquello que acelera nuestro paso hasta su encuentro. La muerte a nuestro modo de ver es el final y no lo asociamos con ningún cambio ni transformación. Es por ello que creo que el bien y el mal son conceptos que solo existen a través de nuestra conciencia. El hecho de que una piedra se vuelva polvo no es malo ni bueno, solo es así, cambia, se transforma. Su cambio, su transformación, no queda registrada en ninguna memoria que permita la evocación de su existencia posteriormente ni admite evaluación alguna del suceso como bueno o malo. El día que desaparesca el último ser humano de la faz de la tierra el tiempo, lo bueno y lo malo se iran con él. La vida cuando toma conciencia de si misma, de que existe, manifiesta el tiempo, el bien y el mal.

Es obvio que después de tan largo viaje tenga uno algunos desvaríos. A mí me llego con cierto retraso la crisis de los cuarenta. Así que voy a intentar pensar nuevamente a ver si esta vez me sale mejor.

Se me ocurre en este momento ver mi vida en pequeños cúmulos, como las nubes. Si en el currículo de nuestra vida la felicidad se representara por una sumatoria de algunos eventos específicos creo que el resultado sería que he tenido una vida feliz. Soy poseedor de momentos de profunda dicha y alegría que evoco con sano orgullo, que los recuerdo con inevitable melancolía. También tengo momentos de inconmensurable tristeza de los que guardo como único trofeo el haber salido airoso de ellos. Lo que no tuve como familia (sólo mis padres) lo coseche de mis amigos. Acá están todos los días a mi lado, sin que yo sea un catálogo de virtudes, bancando todos mis defectos, ensalzando las pocas cualidades que me acompañan, dándole sentido a la existencia, brindándole un cauce a sentimientos que atesoro como la amistad, el compañerismo o hasta el mismo amor. Son el mejor regalo que esta vida me ha dado. Por favor sigan a mi lado como siempre estuvieron, perdón por esos momentos en los que les cuesta entenderme y gracias por todo lo que a diario me brindan. Por todo esto es que, muy a pesar de lo que mi ser celebral diga, hoy pretendo pasar un buen cumpleaños por más que el bien y el mal no existan, hoy cumplo cuarenta y tres años por más que el tiempo no exista, hoy soy el más humano de los seres viviendo el presente que nos hace eternos.

el chunkano